domingo, 22 de abril de 2012

Emanciparse joven y en tiempos de crisis


Hacer las maletas y el abono nuevo. Limpiar (mucho) e intentar hacer de eso que parece una “habitación” un lugar para pasar una etapa más con duración indeterminada. Soñar con colchones, somieres, con cómo colocar el baño y pensar de dónde vas a sacar un taladro para colgar unas cortinas. Soñar con no volver a tener que hacer 120 kilómetros diarios para ir al trabajo o bueno, mejor dicho, a los “trabajos”. Tengo 23 años, me emancipo y me siento hasta joven para irme de casa, parece que voy a hacer una hazaña ¿valiente? Una huída por necesidad.

Si el paro juvenil al Rey le quitaba el sueño, a muchos nos quita hasta el hambre. Malos tiempos para la lírica (la profesión) y para los jóvenes de España, con una tasa de paro que afecta a más de la mitad de la población menor de 25 años (el 50,5%) según datos de la oficina de estadística comunitaria Eurostat. Teniendo en cuenta que este país “No es país para viejos”, bueno… ni parados, ni para pensionistas, ni para enfermos, ni para jóvenes, me conformo con tener salud y una base salarial para poder llenar la nevera y tomarme algo con los amigos de vez en cuando, por eso de socializarse.

Todo el mundo sueña con irse de casa cuando haya terminado sus estudios, cuando pueda elegir una casa y cuando haya logrado “estabilizarse” en la vida (eso implica haber encontrado un trabajo más o menos estable y con un sueldo digno). Pues bien, creo que no cumplo ninguno de los requisitos previos mencionados anteriormente, porque aunque he terminado la carrera no tengo pensado parar de estudiar, no he podido elegir casa y en cambio he elegido la opción más económica que me podía permitir con un mísero sueldo de #nimileurista aún teniendo dos trabajos. Hoy en día y si eres joven y te preguntan cuánto ganas y contestas que una m****, nos hemos acostumbrado tanto a la situación precaria juvenil de sueldos de becarios que hasta cuando descubres la cifra mágica, la respuesta es: “Bueno, por lo menos tienes trabajo. Es lo normal”. ¿Es lo normal? Y todo por la resistencia a emigrar, por intentar buscar un hueco en mi país.

Cada semana, alguien de mi entorno (o próximo a él) coge las maletas y se va, Londres, Edimburgo, Berlín, Bruselas, París, México, Chile, etc. Es esa resignación del “no tengo nada que perder para trabajar aquí de camarero/a me voy a otro país y aprendo el idioma”. Y lo que es cierto, que todos los que conozco y de los países que he mencionado han encontrado su hueco. Algunos han echado hasta raíces, se han marcado un “españoles/madrileños/castellanomanchegos/mallorquines/gallegos por el mundo” que rianse ustedes de las historias que narra la televisión. Eso sí, sus vidas no son tan glamurosas como casi todas las de esos programas, todos han terminado su carrera en España, incluso algún master, saben idiomas y han viajado. Lucha de gigantes, fuga de cerebros.

De vez en cuando, en las charlas vía skype o redes sociales varias yo pregunto: ¿Oye, y cuándo vas a volver? Las respuestas se reparten entre el no a secas, el no todavía o el “dentro de unos años”. Total, no es país para casi nadie. A mí ya me han preguntado el ¿No te da miedo irte de casa, fracasar y tener que volver? La verdad es que si apenas me he planteado el marcharme, no me voy a plantear el fracasar.

Me queda una semana en mi casa, donde he pasado 23 años, mi cama, mi gata, mis postales de países, mi corcho con todas las entradas de conciertos en los que he estado, en definitiva, mis cosas. No me voy a autopreguntar cuándo voy a volver, simplemente me voy a desear suerte.

No hay comentarios:

Publicar un comentario